martes, 17 de junio de 2014

LA AMISTAD DE MANOLO OTERO Y JOSÉ MANUEL CASALDERREY





Aquí sólo hago mención a los párrafos donde se menciona a Manolo Otero:

Corría la cachaça por las gargantas y por el aire lo hacía el olor procedente de los puestos donde las mujeres elaboraban los acarajés sobre el aceite hirviendo. Y en esto llegó José Manuel Casalderrey Áspera. Tal cosa aconteció el primer día de enero del año 1962.

No había tenido tiempo para deshacer su equipaje. Como casi todos los bahianos, este vilagarciano de 19 años también salió a la calle, para regresar de inmediato a la vivienda de su tío, situada en Baixo Bonfim, a unos 200 metros del escenario de la fiesta. Cogió la armónica y decidió participar en el jolgorio.

En los días de color azul también se hicieron presentes las tardes de juegos en la plaza de Ravella. En una de ellas conoció a Manolín.

Aquel recién llegado peleaba mejor que nadie y se ponía al frente de la pandilla cuando se enfrentaban a las de los barrios de Os Duráns o Marxión. «Tenía siete años, yo fui a su Primera Comunión y él vino a la mía», indica.

Una semana de navegación finalizó en Salvador de Bahía, donde lo estaba esperando su tío. Trabajó en una tienda de electrodomésticos y probó suerte con una fábrica de calzado, pero decidió que aquel no era su destino y se fue hacia el sur cuando no habían pasado dos años.

En Sao Paulo comenzó como ayudante en un bufete de abogados y acabó estudiando la carrera. Eran frecuentes sus viajes a Ubatuba para practicar la caza submarina. Cansado de las diez horas de desplazamiento que suponía todos los fines de semana, instaló su despacho en esta ciudad, esparcida en un litoral de 100 kilómetros de longitud.

Habían transcurrido 25 años desde su marcha cuando regresó por primera vez a Vilagarcía. «¿No te acuerdas de un amigo del jardín que se llamaba Manolín?», le preguntaron antes de explicarle que había saltado a la fama con el nombre artístico de Manolo Otero. No tenía ni idea.

A su vuelta le faltó tiempo para encender la televisión y encontrárselo. Era el protagonista de un programa. Llamó por teléfono y se produjo el reencuentro con una estrella fugaz de la música que había saltado a la fama con canciones tan seductoras como ‘Todo el tiempo del mundo’ y probó suerte en el cine con películas como ‘Juicio de faldas’, además de haber sido el galán de la compañía de teatro de José Tamayo.

Ya se había separado de su primera mujer, María José Cantudo, y en su biografía figuraba la participación en el Festival de Benidorm del año 1968.

Las langostas que capturaban José Manuel y su esposa, Ame, fueron el menú de la primera comida que compartieron en Brasil. Manolo Otero se convirtió en huésped asiduo de su vivienda hasta que compró una casa unos o 400 kilómetros de Ubatuba, donde falleció el día 1 de junio, víctima de un cáncer, con 68 años.

El jardín de Ravella es el lugar en el que conoció a Manolín y es también el escenario en el que se encontraba una tarde cuando pasó un chaval del que no recuerda su nombre. «Estaba jugando con un trompo de boj. Me llamó la atención su armónica y a él, mi trompo. Me preguntó cuánto quería por él, le respondí que se lo cambiaba por la armónica. Y al momento». Así empezó la historia.





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