viernes, 24 de enero de 2014

MANOLO OTERO EN "LADY MARIPOSA" (1980)



La actriz Yolanda Farr relata su experiencia con Manolo Otero durante la realización de esta obra:

Tomado de: http://yolandafarr.blogspot.com/2013/09


UNA ENREVESADA HISTORIA DE DESAFUEROS


Desde el momento en que Víctor Andrés Catena puso en mis manos el libreto de Lady Mariposa, del escritor novel Víctor Fernández Antuña, advertí que era una comedia de humor negro llena de posibilidades. Tres únicos personajes, ambientación lujosa y una trama inusual y atrevida. Tan solo necesitaba un somero “peinado” e impregnarla de un ritmo y un aroma de alta comedia. Así que, en el mezzanine del teatro Fígaro, ante una mesa de trabajo, Catena y yo nos dedicamos durante días a redondear algunas escenas, limar un poco los diálogos y trasladar la acción al Londres del momento. Por supuesto con el beneplácito del autor. Los tres personajes, supuestos arquetipos, eran el marido, su mujer y el amante de ella. Y digo supuestos por que la trama estaba llena de retruécanos. El argumento, a primera vista, era este; un maduro y sofisticado lord inglés, (Pastor Serrador) utilizaba a su bella esposa (Yolanda Farr) para atraer a jóvenes incautos que debían acabar sirviendo de alimento para la libido homosexual del marido. (El joven, en este caso sería Manolo Otero).

Esto ya de por sí era bastante atrevido de cara a  la mojigatería que aún reinaba en España. Pero, a medida que se  desarrollaba la acción, la cosa se  iba complicando; el lord resultaba ser un asesino contumaz, la esposa una transexual y la supuesta víctima ocasional, un experimentado chulo cuyo modus vivendi era el robo y el chantaje. Como supondréis, con estos personajes la historia llegaba a enredarse  endiabladamente  y el final resultaba sorprendente y amoral.

Desde el comienzo de los ensayos el trío de actores nos convertimos en cómplices de aquella enrevesada trama que tanto nos divertía.   Catena, el infravalorado y cultísimo director al cual nunca me cansaré de alabar,  nos dio carta blanca en la construcción de nuestros tipos, con lo que constantemente surgían nuevos gags que enriquecían la obra. Realmente estábamos entusiasmados con “poner sobre las tablas” algo novedoso y polémico.


Pastor Serrador era un actor estupendo. Su curriculum, amplio y exitoso, abarcaba desde los clásicos hasta los vodeviles, pasando por el cine y la televisión. Un auténtico caballero en la vida real, el rol del lord inglés le sentaba como un traje hecho a medida.

Manolo Otero era un chico encantador. A principio de los 70, antes de que viajara hacia América y allí afianzara su carrera de cantante, nos habíamos tratado con frecuencia, sobre todo en aquella cafetería de Televisión Española a la que los artistas acudíamos con la finalidad de “pescar” algún contrato. Disfrutábamos de una afectuosa relación que, cuando coincidíamos en un trabajo, como durante el rodaje, en el año 76, de la película El libro del buen amor,  se reavivaba y fortalecía.

Casado con María José Cantudo en el 73, el divorcio llegó en el 78. Tras esa separación, mi Jesús y yo intentamos varias veces consolarle mientras lloraba como un niño porque su ex le amenazaba con no dejarle ver al hijo de ambos, Manuel. Aquel fue un divorcio tormentoso del que la sosita andaluza salió, para sorpresa de todos, convertida en una vedette de revista; y Otero, el admirado galán y cantante, hecho un trapo, destrozado y buscando una nueva vida en una ciudad de Miami que le acogió con cariño, abriéndole de inmediato las puertas a un merecido prestigio.

La cuestión es que, en uno de los frecuentes viajes que hacía a España con la intención de ver a su adorado hijo, le ofrecieron Lady Mariposa y, al decirle quiénes serían sus compañeros, no dudó en aceptar entusiasmado.


A pesar de las estupendas críticas, de lo poco corriente del tema, de la prestancia de los dos galanes, de la impecable dirección, de mi éxito personal de cara a la prensa y del reverdecer de mis laureles entre mis “ahijados” gays, (recordad que el año anterior había sido nombrada, entre grandes  alharacas, “Madrina de los Homosexuales”), en escasas ocasiones logramos tener un aforo decente. Aquello nos deprimía. ¡Tanto esfuerzo personal y tanto dinero invertido en el montaje para tan poco aprecio! Pero no podíamos ni sospechar que nuestra natural desilusión, a los dos meses del estreno, se iba a convertir en auténtica indignación.

A la hora de montar un espectáculo el “empresario de compañía” debe ponerse en contacto y llegar a un acuerdo económico con un “empresario de paredes”. Este último suele ser el dueño del teatro o el inquilino fijo y el acuerdo varía entre un tanto por ciento de las entradas o un alquiler semanal, generalmente desorbitado. También el tanto por ciento fluctúa. Según el prestigio de la compañía y la buena voluntad del “empresario de paredes”, este suele oscilar entre el leonino setenta por ciento para el teatro hasta bajar al cincuenta, es decir, a partes iguales con la compañía. Sin duda el reparto no es justo pues una producción debe amortizar grandes gastos de montaje y cubrir los sueldos de cada día.  Y no solo los de los actores. También está el equipo técnico, sonidista, iluminador, regidor, muchas veces maquinista y hasta sastra. En cambio los gastos del local se limitan al de la electricidad y a las miserables pagas que reciben los acomodadores y la persona que se ocupa de la taquilla.

Si la obra va bien no hay grandes problemas pues entra dinero para todos. Pero cuando el veleidoso público parece ponerse de acuerdo para no acudir, surgen los graves problemas. El empresario de compañía no tiene dinero para pagar a su equipo y el de paredes considera que, teniendo en cuenta la poca entrada diaria, no está ganando lo suficiente. Y, según nos enteramos más tarde, esa fue  la causa del drama que nos tocó vivir a mediados de febrero de 1981.


Pastor, Manolo y yo solíamos reunirnos para tomar un café antes de dirigirnos a nuestro “centro de trabajo”. Una tarde, al acercarnos al edificio, notamos que las luces interiores y las de las carteleras estaban apagadas. Sorprendidos nos abalanzamos hacia la taquilla buscando un cartel que indicara al público lo que sucedía, temiendo enterarnos de que alguna catástrofe dentro del teatro impedía su apertura, algo muy grave de lo que, incomprensiblemente, no habíamos sido informados. Pero no encontramos ni aviso puesto en la ventanilla  ni señal de ser viviente alguno tras los cristales. Aturdidos nos dirigimos a la puerta de actores y comenzamos a golpearla intentando que alguien nos explicara por qué tres actores se encontraban en la calle, a la hora de la función, imposibilitados de entrar al local. Pero nadie respondió.

De pronto nos dimos cuenta de que la cosa podía tener graves consecuencias para nosotros. Estando aún vigente la Ley de Alteración del Orden Público, según la cual la suspensión de un acto debía ser notificada a la policía con un día de anticipación, bajo pena de multa y hasta encarcelamiento, decidimos llamar a un notario para  que levantara acta de que los actores estábamos presentes pero sin forma de acceder al interior del teatro para realizar nuestra labor.


Aquella fue la situación más desconcertante a la que me he enfrentado en la vida. El público que iba llegando nos rodeaba pidiéndonos una explicación que ni remotamente podíamos darle. La noche se fue cerrando sobre tres figuras encogidas de frio y asombro, sobre tres cerebros cuyos engranajes parecían chirriar a causa de lo desordenado y ya furioso de los pensamientos. Y allí nos mantuvimos hasta que se presentó la policía y pudimos poner la correspondiente denuncia.

Era ya madrugada cuando nos fuimos a nuestras respectivas casas. Durante dos días continuamos acudiendo al teatro a la hora del trabajo, en compañía de Fernández Antuña, el autor, de Catena y de un abogado amigo, por si las moscas. Dos días en los cuales ni Julio Matías, el dueño del teatro y directo responsable de lo que nos ocurría, ni nuestro empresario, al que ni siquiera conocíamos personalmente, tuvieron la cortesía de presentase y darnos una justa explicación. Se nos ocurrió la idea de hacer “una sentada” para lo cual conectamos con algunos de esos compañeros tan “contestatarios” a los que, tiempo atrás, habíamos apoyado durante la huelga de actores, jugándonos el tipo. Pero nadie se dignó aparecer ni por las cercanías del teatro. ¿Dónde estaba la tan cacareada solidaridad del gremio? Ante lo humillante de la situación, los tres actores nos pusimos de acuerdo en no involucrar a la prensa. No queríamos ver nuestros nombres envueltos en un escándalo público. Cuando algún amigo periodista llamaba para informarse sobre por qué el Fígaro estaba cerrado le decíamos simplemente que la compañía se había disuelto “por motivos de compromisos anteriores”. Al tercer día por fin encontramos la puerta de actores abierta y, como ladrones en nuestra propia casa, entramos en los camerinos y recogimos nuestros efectos personales. Al pasar por el escenario y ver el decorado casi desmontado, los hermosos ventanales arrancados  sin misericordia,  los negros agujeros de tristeza que su ausencia dejaba sobre las paredes, los muebles yaciendo en una esquina desmañadamente, como niños huérfanos y abandonados tras el paso de un tifón, mi corazón se estremeció.




Para finalizar esta larga historia os diré que, como es comprensible, la compañía realmente se disolvió. Otero volvió a las Américas, Pastor puso una demanda judicial contra Julio Matías que, bastante tiempo más tarde, a causa de la consabida lentitud de la ley, para general sorpresa fue desestimada, y yo decidí que, sin darle más vueltas,  almacenaría el suceso en mi baúl de las malas experiencias. Pero eso sí, enriquecida  con el aprendizaje. Habían quedado patentes tres cosas; la falta de solidaridad que reinaba en esa profesión mía tan necesitada de ella, la incomprensible  carencia de rigor  de la justicia española y sobre todo la ausencia total de ética y consideración del “señor empresario de paredes” Julio Matías que, sin una palabra de aviso para los actores, sin una explicación, había tomado la drástica decisión de dejarnos literalmente en la calle. En cuanto a nuestro improvisado empresario de compañía, una de esas despistadas estrellas fugaces que a menudo pasan por esta profesión, salió de su primera experiencia teatral como gato escaldado y  nunca más se supo de él.

Pero ni por asomo aquello era lo peor que ese mes de febrero de 1981 nos tenía deparado. Tan solo unos días más tarde ocurría algo que pondría a España y a su frágil proceso de democratización al borde del abismo.






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